En los últimos años, el debate sobre la revelación y el cristianismo liberal se ha vuelto central para quienes buscan sostener la autoridad de la Palabra de Dios en un mundo que absolutiza la cultura. Recientemente me tocó predicar sobre Lucas 20:27–38, un pasaje que plantea profundas implicaciones para nuestro entendimiento del mundo presente y del mundo venidero.
Jesús enseña que “los que fueren tenidos por dignos de alcanzar aquel siglo y la resurrección… ni se casan ni se dan en casamiento” (v. 35). En esas palabras se encierra una revelación escatológica: el matrimonio pertenece al orden de este siglo, no al del Reino consumado. La unión conyugal es un signo del amor divino que un día será sustituido por la comunión plena con Dios.
Si el matrimonio tiene un valor terrenal, entonces no puede ser considerado una vocación universal. Jesús habla de quienes “se hicieron eunucos por causa del Reino de los cielos” (Mt 19:12). El apóstol Pablo, siguiendo esa línea, afirma que tanto el matrimonio como el celibato son dones de Dios distribuidos según la gracia (1 Co 7:7). Sin embargo, muchas iglesias —sobre todo en contextos hispanos— han reducido el ideal cristiano al modelo matrimonial, interpretando Génesis 2:18 (“no es bueno que el hombre esté solo”) como un mandato universal. En la práctica, hemos canonizado una estructura social y olvidado que Cristo y Pablo, precisamente por su entrega total al Reino, encarnaron otra forma de plenitud.
Esta observación pastoral nos conduce, inevitablemente, a la cuestión de la homosexualidad. La respuesta habitual en la ortodoxia cristiana ha sido recomendar a los creyentes que experimentan atracción hacia el mismo sexo la castidad o el celibato voluntario. En cambio, el cristianismo liberal rechaza ambas posibilidades, interpretándolas como negaciones crueles de la identidad personal. Su conclusión es que tanto la inclinación como la práctica homosexual pueden integrarse en la fe, siempre que se enmarquen en una relación amorosa, libre y responsable.
Mi intención no es caricaturizar ese planteamiento, sino exponer su raíz teológica. Durante mis años de doctorado en Bioética, tuve la oportunidad de estudiar la obra del jesuita Roger Haight, particularmente su libro Jesus Symbol of God (1999). Haight intenta reinterpretar la fe cristiana en diálogo con la modernidad, sosteniendo que toda verdad revelada debe entenderse dentro de su contexto histórico. En su visión, los dogmas y las normas morales no son expresiones permanentes de la voluntad divina, sino símbolos culturales de la experiencia humana de Dios.
Ese planteamiento, aunque intelectualmente sofisticado, establece un serio problema teológico. Si la verdad revelada depende del contexto cultural que la expresó, ¿en qué sentido puede ser revelación y no mera proyección humana? La consecuencia es clara: la historia deja de ser el escenario donde Dios se revela y se convierte en el criterio que juzga a Dios. La autoridad de la revelación se subordina a la conciencia histórica. Lo que parece una apertura al mundo moderno termina siendo una capitulación epistemológica.
De este marco surge la versión contemporánea del argumento liberal sobre la ética sexual. Se afirma que los autores bíblicos condenaban prácticas homosexuales ligadas a la idolatría o al abuso de poder, no las relaciones afectivas igualitarias que hoy conocemos. Por tanto —se dice—, el Evangelio no prohíbe el amor entre personas del mismo sexo; simplemente desconocía su forma moderna. Bajo ese esquema, lo que antes era pecado deja de serlo, porque la moral evoluciona con la cultura.
El problema de fondo es hermenéutico. No se trata solo de cómo se lee la Escritura, sino de quién tiene autoridad para interpretarla. La revelación y el cristianismo liberal se oponen en este punto esencial: para la fe cristiana, la Palabra interpreta la historia; para la visión liberal, la historia interpreta la Palabra.
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán” (Mt 24:35). La revelación no es un eco del espíritu humano: es el Espíritu Santo interpretando la historia humana.
En Génesis 1–2, la diferencia sexual no es una construcción social, sino parte del lenguaje teológico de la creación. Varón y mujer, en su complementariedad, manifiestan la comunión creadora de Dios. Cuando Pablo argumenta en Romanos 1, no se refiere a costumbres locales, sino a un desorden teológico más profundo: el intercambio del orden natural establecido por el Creador por un orden inventado por la criatura. “Dejaron el uso natural del cuerpo… y se encendieron en su lascivia unos con otros” (Rom 1:26–27). Aquí lo “natural” no significa “frecuente”, sino conforme al propósito divino.
El liberalismo teológico sostiene que el amor justifica toda unión. Pero el amor cristiano no se define por el deseo, sino por su ordenación al bien. No todo afecto edifica; no todo impulso humaniza. El amor que el Evangelio propone no legitima el instinto, sino que lo purifica y lo redime.
Cuando el amor se desconecta de la verdad, se convierte en relativismo moral disfrazado de compasión.
Esta confusión no afecta solo la ética sexual, sino el conjunto de la bioética cristiana. Si la cultura puede redefinir los límites de la revelación, la moral se vuelve negociable. La misma lógica que bendice uniones contrarias al orden creado puede justificar la eutanasia, la manipulación genética o el aborto, siempre que se invoque la compasión. La consecuencia es una ética sin teleología, un humanismo sin Dios.
Por eso la respuesta cristiana no puede ser solo correctiva; debe ser profética. Decir que no todo amor es santo no es intolerancia, sino fidelidad a un amor mayor. La libertad cristiana no consiste en autodeterminación, sino en obediencia a la verdad que libera. En esto coincido con Juan Pablo II, cuando dijo: “la libertad no consiste en hacer lo que se quiere, sino en tener el derecho de hacer lo que se debe” (Homilía en Camden Yards, Baltimore, 1995).
El desafío contemporáneo no es entre verdad y compasión, sino entre revelación y autoafirmación. El cristiano está llamado a amar diciendo la verdad, porque solo la verdad hace libre al ser humano (Jn 8:32) y solo el amor revela la verdad de Dios (1 Jn 4:8). Allí donde la historia pretende sustituir la revelación, la fe pierde su poder transformador. Pero cuando la Iglesia proclama la verdad con amor, la Palabra se hace presente en la historia, y esta se transforma en lugar de encuentro con el Dios que es “el mismo ayer, hoy y por los siglos” (Heb 13:8).



